Cristina nos necesita, pero más la necesitamos nosotros, todos nosotros. Como ésa, muchas otras cosas se me pasaron por la cabeza en estos días; la mayoría se perdieron en la bruma del dolor y la lluvia y en todas las cosas que leía y que superaban ampliamente las cosas que se me ocurrían a mí, como las que escribieron tan sentidamente pero con gran lucidez @buensalvaje y @festons. Por suerte o mala suerte, algunas cosas recuerdo y siento todavía, como la culpa de haber votado a Pino Solanas y no al FPV en las últimas elecciones: una culpa similar, imagino, a la que llevó a Víctor Hugo a escribir lo que escribió en Tiempo Argentino y que me llevan a mí, ahora, después de haber puteado y sufrido tanto por la muerte de Néstor Kirchner, a intentar decir algo de lo que me pasó y me sigue pasando.
El miércoles del censo, después de llorar sin consuelo con mis viejos del otro lado del teléfono, después de una siesta buscada para olvidar un poco todo, fui a la plaza. Ahora que lo pienso creo que fui a no sentirme solo, a encontrarme con gente que no conocía pero que sabía que iba a estar ahí, quizá tan confundida y perdida como yo. “No podés tener alrededor de treinta años y no ser un poco kirchnerista” dijo alguien o leí no sé dónde. Vinieron a mi mente todos los amigos y conocidos que están en contra del gobierno porque todavía no se dieron cuenta de que el menemismo se terminó y creen que tienen que seguir siendo cínicos, incrédulos y desconfiados. El jueves tuve que ir a laburar; me puse a mirar las imágenes por internet de la Casa Rosada, la plaza, la gente, la inmensa cantidad de personas que entraban para saludar a Cristina o que simplemente se quedaba afuera, acompañando. Me dolía y me rompía soberanamente las pelotas no poder estar ahí otra vez. El triste consuelo que me quedaba era que podía ver, en simultáneo, las caras de mujeres y hombres de todas las edades –llorando, cantando, gritando– y lo que pasaba en Salón de los Patriotas Latinoamericanos: cada vez que Cristina esbozaba un llanto, un puchero o acariciaba el cajón se me partía el alma. Pero ahora había que contener el llanto: imagínense más o menos dónde trabajo.
Agradezco vivir este tiempo, esta época, y se lo agradezco a Néstor y a Cristina más que a nadie. Algún día les voy a preguntar a mis viejos por qué, con sus sesenta años, nunca fueron peronistas. No tienen excusas, no pueden tener excusas como no las tienen los que no apoyan este modelo, salvo que sean garcas o ignorantes políticos. No viví ninguno de los gobiernos de Perón, no entendía bien qué carajo era el peronismo, veía el fervor en cincuentones que fueron de la JP y no lo podía entender del todo, porque sólo había leído, como @festons, los textos que te hacen leer en la UBA para que no entiendas. Entonces vino Néstor y gracias a él entendimos, los jóvenes, primero al kirchnerismo y después al peronismo. Porque ahora vivo en carne propia el dolor de la muerte de un líder, la voz del pueblo, el gran político, el mejor presidente que tuvimos que no murió porque no puede morir, porque hay personas que no se van a morir nunca.
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